jueves, 19 de octubre de 2017

BA bilonia

La peor cara de la ciudad es repugnante a pesar del maquillaje cargado que potencia su horror.
Ostenta su verdad descompuesta con orgullo, como nunca antes.
Es como una momia centenaria vestida a la última moda, encaprichada en restaurar por la fuerza su antiguo reinado.
Se alimenta de mentalidades e incrementa el ejército de zombis que la siguen en su danza macabra.
Una espesa nube de inconsciencia cubre sus calles, sus barrios. Primero anestesia los sentidos y luego los emborracha con una ilusión imposible.
Tal vez siempre fue así, tal vez en todos lados es igual; pero como sangra tu herida cuando así te recibe tu ciudad. Cuando retornas a tu raíz y te enfrentas a que eres hijo de esa Babilonia.

Todavía quedan en pie algunas ruinas, todavía es posible encontrar rebeldes y refugios que resisten el aluvión de odio que intenta borrarlos de la historia.
Quiero estar con ellos, abrazarlos y que me abracen, desahogarme y acorazarme para sobrevivir.
Nos necesitamos, precisamos multiplicarnos, trascender.
Quizás sea el fin de este mundo, pero no es el fin del mundo.


viernes, 13 de octubre de 2017

Xica da Silva

"Francisca da Silva de Oliveira (n. Serró Frío, Minas Gerais, c. 1732 - f. Tijuco, 1796) llamada Xica Da Silva fue una esclava brasileña, posteriormente liberta, conocida por su belleza, que se convirtió en un personaje de gran riqueza e influencia durante la segunda mitad del siglo XVIII en su país.
Célebre por su romance de más de quince años con João Fernandes de Oliveira el más rico explotador de diamantes de esa región, cuya fortuna se decía era mayor que la del rey de Portugal."

Con la anterior descripción la moderna Wikipedia advierte al público que la famosa Xica existió y que su vida no fue solo una fantasía creada por varias películas y novelas de TV.


Para nuestro grupo de adolescentes, surferos de catorce años, Xica da Silva era una travestí de nuestra edad que junto a a un par de compañeras sabía frecuentar en los atardeceres el parquecito Garota de Ipanema en Arpoador.
Allí llegábamos con unas botellas de cerveza, sandwiches y cigarrillos después de una tarde de cabalgar las olas.

El nombre, mejor dicho el título Xica da Silva se lo había ganado un día de desfile del bloco Banda de Ipanema en el que ella y sus amigas disfrazadas como la famosa heroína pararon a descansar en el parque.
Hasta ese momento nunca habíamos tenido un acercamiento, y la relación se limitaba a risas, silbidos y burlas tontas que les dedicábamos y que nos eran devueltas con gestos de asco y desprecio;  gestos ampulosos como todos los andares de ese grupo de travestís jovencísimas.

Tal vez fue el espíritu cachondo del carnaval que impulsó a Xica a acercarse a esos tontos inmaduros creídos de ser los machitos más seductores del barrio.
Con sus andares de reina, altísima sobre sus zapatones que eran más coturnos que zapatos, un corpiño abultado con esponjas de baño, peluca alquilada, lentejuelas, purpurina  y un abanico de plumas, descendió del trono y ordenó que le diésemos un cigarrillo y que asumiendo el rol de lacayos se lo encendiéramos mientras lo mantenía entre los labios.

Después de un primer momento en que su audaz avance nos dejó mudos, le respondimos como si fuéramos sus colegas de toda la vida y la invitamos a ella y a sus cortesanas a compartir lo que quedaba de nuestras cervezas.
Era carnaval, todo estaba permitido, nadie dudaría de nuestra integridad masculina confraternizando, vaya a saber dirían con qué intenciones, con tres travestís disfrazadas.
De entre el gentío que trajinaba yendo y viendo a la playa esa tarde muy pocos reparaban en nosotros y los que lo hacía nos dedicaban alguna sonrisa o algún saludo.
Y más tarde partimos todos juntos, Xica con su cortejo del que formábamos parte, a alcanzar el bloco en alguna de sus paradas en los bares de la zona.


Ese cortejo que terminó la noche de carnaval perdidamente borracho hoy ha duplicado su edad.
Tres lustros son bastantes años para aprender lecciones, experimentar a costa de los demás y de nosotros mismos.
Tres lustros alcanzan y sobran para alejarnos o para mantener contactos; nos vamos, volvemos y a veces nos reencontramos.
A propósito de reencuentros después de varios años los otros días en la playa a mi espalda alguien me llama invocando un sobrenombre que solo el grupo de chicos de Arpoador conocía.
Era uno de aquellos con el que compartimos tantas tardes, ahora hombre, lindo hombre, acompañado de una mujer muy linda, su mujer, y me había reconocido después de tanto tiempo.
Desde niños en la escuela pasamos muchas horas de cada día juntos hasta que nos separamos después que murió mi abuela y dejé la ciudad tratando de cambiar de ambiente, conocer  lugares y gente y vivir aventuras.
No habíamos tenido más contacto desde que dejé Río, el seguía allí, había formado pareja y se los veía bien, seguía viviendo por la zona pero su trabajo ya no le daba tiempo para el vagabundeo de antaño.
Allí no se podía hablar más que a los gritos. me convidaron a cenar a su casa si no tenía compromisos para esa noche, y como soy de caer rendido ante un plato de comida casera, accedí.
Además de saborear las especialidades que la anfitriona se lució preparando aprovechamos para ponernos al día respecto a los años que pasamos sin vernos; llegado ese punto siempre termino sintiéndome un poco incómodo al ocultar demasiadas cosas, y busqué reflotar anécdotas de los años no tan ingenuos de la adolescencia.

El dueño de casa confesó que aunque por períodos trata de abandonar el cigarrillo, el tabaco termina siempre venciendo y para hacerle compañía nos fuimos a fumar al balcón mientras su mujer preparaba el indispensable cafezinho.
Desde ese balcón del primer piso se apreciaba la gente tomando el fresco de la noche sentada en la vereda de un bar cercano y algunos automóviles pasar despacio, observando tal vez si quedaba alguna mesa libre.
De repente dobló la esquina de la calle una morena monumental por su porte y su tamaño, cargando tantos brillos en su provocativa figura como una carroza de escola del grupo especial.


- Mírala bien - me dijo mi amigo - ¿La reconoces? ¿Te acuerdas de Xica da Silva?


Por supuesto por ese nombre solo la conocíamos dentro de nuestro grupo, cuando la bautizamos como cuando nos dimos a nosotros mismos un sobrenombre para comunicarnos.
El caso es que con la vuelta de los años Xica da Silva volvió al barrio convertida en lo que se suponía una prostituta de clase, porque aparecía por allí a la noche y se dirigía a una de las pocas casas antiguas que se mantenía en pie y bien conservada donde varias muchachas recibían sus visitas con mucha discreción, tanta como la que soportaba la tolerancia del vecindario clase media pretenciosa.

A mi amigo lo sorprendió una noche cuando estaba sentado en la vereda del bar y se acercó para dejarle una cajita de cigarrillos en devolución por que le habíamos dado la tarde de aquel lejano carnaval.
Detrás del maquillaje descubrió oculta a la casi niña de pechos falsos disfrazada de la famosa negra.

Antes de dormir esa noche como siempre curioso me preguntaba por la metamorfosis de Xica, por las verdaderas razones de la transformación en un tipo tan formal de mi amigo, que era de los más alborotados que conocí, y del misterio que también para él y para muchos soy ocultado tanto secreto.


Como el personaje histórico lo único seguro es que existimos; con esa base y algunos datos sueltos los demás pueden hacer la película o escribir la novela.



jueves, 5 de octubre de 2017

Sin conciencia, sin aliento


Como esclavo he sido y seré el macho que se rinde ante su Amo y ante ningún otro.
Soy tierra sin dueño para el Amo que prefiera conquistar lo salvaje.
En su presencia plegaré los músculos para agradarle.
Para que me vea bello y quiera destruirme.
Me convertiré en animal en celo buscando provocarlo hasta cuando me torture.
Para que descargue en mí su ira, como Mizoguchi sobre el pabellón de oro.
Se que dolerá, que sufriré, pero necesito que el dolor sea tanto como para que el rayo me aniquile y flote en el limbo de un mar helado.
Sin conciencia, sin aliento, entre sus brazos.

martes, 3 de octubre de 2017

Vigilias

Mil horas esperándote en la oscuridad del cuarto, vigilando en la ventana, aguardando tu llegada.
Extrañando la sujeción de las cuerdas, el roce de las esposas, las caricias hirientes del látigo.
Esperas de mil horas, noches eternas, rogando porque no hayas cazado una nueva presa, y solo me quede el consuelo de escuchar detrás de la puerta sus jadeos y sus gritos ahogados.


Siempre esperando lo peor, sufriendo por anticipado.
Fuiste el sádico patrón que dió de probar a mi cuerpo la tortura y a mi mente el desasosiego.
Creaste un esclavo masoquista tiránico siempre pidiendo más para satisfacer su adicción.

Las vigilias de incertidumbre fueron tus suplicios más perfectos en su eficacia de molerme.
Mientras la noche transcurría y el tiempo se eternizaba, mi inquietud creía y se aceleraba.
Sospechaba su carácter profético y me reducía a cenizas.

¿Cómo no adorarte cuando me acariciabas la cabeza, si eras el Bien que había recuperado?
Nada te negaría, a nada resistiría, tanto te necesitaba.
Esas vigilias fueron fundamentales para tu creación del esclavo perfecto.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Anoche fui ciervo

Anoche fui un ciervo.


De entre toda la fauna mareada de alcohol y droga que ofrecía su cuerpo danzando descubrí al Lobo.
Solo, desde su rincón más que observar medía y pesaba la carne en vitrina para elegir que pecho, que espalda, que nalga insinuada por los pantalones caídos cenaría en la madrugada.

Un Lobo viejo y solitario que se apartó de su manada harto de compartir sus presas, de coger las mismas hembras.
Ladino acechando, cruel cazando, dueño de un apetito voraz que crecía a medida que transcurría la noche y sus posibles víctimas se le ofrecían inconscientes.

Y me convertí en ciervo.
Yo que he sabido ser perro fiel, yegua de mi jinete, anoche fui ciervo.

Y el Lobo olfateo mi presencia cercana; un ciervo también solitario temblando de anticipación sabiendo que va a ser devorado.

Tal vez aumentó tanto el volumen de la música que me ensordeció, tal vez todo el alcohol de la noche me hizo efecto en ese instante; lo cierto es que las rodillas se me aflojaron y no pude correr cuando me alcanzó su presencia con una mano que se posó sobre mi hombro desnudo.
La mano, que debiera llamar garra, me alcanzó el pecho para amasarlo y con las uñas pellizcarme el pezón.
Después el calor y la dureza tensa del cuerpo multiplicada por mil en su entrepierna que me pareció enorme apretándose contra mi culo.

No puedo recordar más detalles de anoche, solo un puñal de músculos y pelos desgarrandome las entrañas y un torbellino de dolores y orgasmos que tanto necesitaba satisfacer.

El Lobo saciado siguió su camino seguro de encontrarse con presas nuevas cuando le llegue el hambre.

Que no fue un sueño lo atestiguan las marcas de sus mordidas y los arañazos de sus garras.



miércoles, 20 de septiembre de 2017

El amor en el ritual del dominio


La práctica controlada del sadomasoquismo retrata un drama clásico de destrucción y supervivencia.
El estremecimiento de la transgresión y la sensación de libertad completa dependen para el sádico de la supervivencia del masoquista.

Cuando el masoquista soporta su ataque incesante y permanece intacto el sádico experimenta este hecho como amor.
Al aliviar el miedo,la culpa de él, que teme que su agresión lo aniquile, crea para el Amo la primera condición de la libertad.
Por la misma razón la masoquista experimenta como amor el dolor psíquico compartido, la oportunidad de abandonarse al dolor en presencia de un otro en el que se confía y que comprende los sufrimientos que inflige.
De allí el amor y la gratitud que pueden acompañar al ritual del dominio...

Originalmente en el proyecto de destrucción hay una especie de inocencia.
Según la teoría freudiana primero el infante ataca despiadadamente y devora al mundo sin ningún sentido de las consecuencias.
En esta etapa de sadismo primario la criatura no sabe lo que es infligir un daño; simplemente espera tener su bizcocho y comerlo.
Sólo cuando internaliza su agresión e ingresa en la posición masoquista puede imaginar el dolor posible del otro.
Entonces aparece el sadismo real, el deseo de hacer daño y reducir al otro, como uno se ha lastimado a sí mismo.
 En síntesis, la agresión, internalizada como masoquismo, reaparece como sadismo.
Con esta internalización se tiene la coartada para desempeñar ambos roles en la fantasía, para experimentar sustitutivamente la parte del otro, y de tal modo disfrutar del acto de la violación.

Fragmento de "The Bonds of Love" de Jessica Benjamin