jueves, 10 de agosto de 2017

El mejor sitio

Confesión del Caballero de Mirvel a su hermana Eugenia, Señora de Saint Age.


De hecho, me gustan las mujeres, y sólo me entrego a estos gustos extravagantes cuando un hombre amable me acosa.
No hay nada que no haga entonces.
Estoy lejos de esa altanería ridícula que hace pensar a nuestros jóvenes mequetrefes que hay que responder con bastonazos a proposiciones semejantes; ¿es el hombre dueño de sus gustos?
Hay que compadecer a quienes los tienen singulares, pero no insultarlos nunca; su error es el de la naturaleza; no eran dueños de llegar al mundo con gustos diferentes, como nosotros no lo somos de nacer patituertos o bien hechos.
Además, ¿os dice un hombre algo desagradable al testimoniaros el deseo que tiene de gozar de vosotros?
Indudablemente, no: es un cumplido que os hace; ¿por qué, pues, responder entonces con injurias o insultos?
Sólo los tontos pueden pensar así; jamás un hombre razonable hablará de esta materia de modo distinto a como yo lo hago; pero es que el mundo está poblado de sandios imbéciles que creen injuria el declararles que uno los encuentra idóneos para los placeres, y que, echados a perder por las mujeres, siempre celosas de cuanto parece atentar contra sus derechos, se imaginan los quijotes de esos derechos ordinarios, brutalizando a quienes no reconocen toda su extensión.
El señor Dolmancé estaba enterado por uno de mis amigos del soberbio miembro de que sabes que estoy dotado; comprometió al marqués de V.. a invitarme a cenar a su casa.
Una vez allí, fue preciso exhibir lo que yo llevaba; la curiosidad pareció ser al principio el único motivo; un culo muy hermoso que se me puso delante, y del que se me rogó que gozara, me hizo ver al punto que sólo el gusto había tenido parte en aquel examen.
Previne a Dolmancé de todas las dificultades de la empresa: nada lo asustó:
«Soy a prueba de ariete -me dijo-, y no tendréis siquiera la gloria de ser el más temible de los hombres que perforaron el culo que os ofrezco.»
El marqués estaba allí; él nos alentaba toqueteando, manoseando, besando todo lo que uno y otro sacábamos a la luz.
Me preparo... quiero por lo menos algunos preparativos:
«¡Guardaos bien de ello! -me dice el marqués-; le privaríais de la mitad de las sensaciones que Dolmancé espera de vos; quiere que le atraviesen, quiere que le desgarren.»
«¡Será satisfecho!», digo yo hundiéndome ciegamente en el abismo...

¿Y puedes creer, hermana mía, que no me costó apenas?... Ni un lamento; mi polla, con lo enorme que es, se hundió sin que me diera cuenta, y toqué el fondo de sus entrañas sin que el maldito pareciese sentirlo.
Traté a Dolmancé como amigo; la excesiva voluptuosidad que él gustaba, sus meneos, sus deliciosas palabras, todo me hizo feliz pronto a mí también, y lo inundé.
Apenas estuve fuera, Dolmancé, volviéndose desenfrenado hacia mí, rojo como una bacante:
«Ves el estado en que me has puesto, querido caballero? -me dijo ofreciéndome una polla seca y amotinada, muy larga y de seis pulgadas por lo menos de contorno-; amor mío, por favor, dígnate servirme de mujer después de haber sido mi amante, y así podré decir que he saboreado en tus brazos divinos todos los placeres del gusto que con tanta imperiosidad ansío.»
Encontrando tan pocas dificultades en lo uno como en lo otro, me presté; el marqués, quitándose los calzones ante mis ojos, me conjuró a que yo tuviera a bien ser aún algo hombre con él mientras iba a ser la mujer de su amigo; le traté como a Dolmancé, el cual, devolviéndome centuplicadas todas las sacudidas con que yo abrumaba a nuestro tercero, muy pronto exhaló al fondo de mi culo ese licor encantador con el que yo rociaba, casi al mismo tiempo, el de V..


Hermano mío, debes de haber gozado los mayores placeres al encontrarte entre dos de esa manera; dicen que es delicioso.

Muy cierto, ángel mío, es el mejor sitio...

Del primer diálogo de "La Philosophie dans le boudoir ou Les instituteurs immoraux"
Autor Donatien Alphonse François de Sade, publicada por primera vez en 1795 en forma anónima.

domingo, 6 de agosto de 2017

Abrazo con k

Los sentimientos por más fuertes y profundos que sean son intangibles.
El amor, el odio, la pasión, la hermandad, el asco, no pueden tocarse; pero eso no impide que nos estremezcan a nivel físico.
No necesito tocar, ver, oler para que se me erice la piel al recordar momentos vividos junto a mi amigo k, por más que nos separe todo el diámetro del planeta.
Volver a estrecharlo entre mis brazos, palpar su cálida carne y sentir la fuerza de su cuerpo contra el mío, significó una experiencia de tal intensidad que no tengo argumentos, razones ni palabras aproximadas para  describirla.

Mi Amo y el de k pautaron un encuentro, y acompañando a mi Señor viajamos hasta la casa que es el domicilio de k y su Dueño, casi a medio camino entre Boston y Milton en Massachusetts.
El imponente Amo de k que es guardián de las tradiciones BDSM nos recibió con mucha cordialidad siempre respetando las normas, por ejemplo solo le dirigió la palabra a mi Señor, y me dedicó una  mirada admonitoria que me obligó a bajar la vista y no volver a levantarla a su cara hasta que nos retiramos.
Cuando k entró en la sala para servir unas humeantes tazas de café, me dolió el cuerpo frenando el impulso de pararme para abrazarlo.
k lucía magnifico, vistiendo solo un collar de perro en su cuerpo maduro de músculos y cicatrices, totalmente pelado salvo las cejas y las pestañas; bajas estas últimas supongo que siguiendo las instrucciones de su Señor de mirar solo el suelo salvo orden contraria.
Dejó por un momento la bandeja con la vajilla del café y abriendo una caja de madera con herrajes plateados le ofreció de rodillas un puro a su Amo.

- Primero a la visita - le ordenó su Amo, y obediente y siempre arrodillado le extendió la caja a mi  Señor y con otra mano le ofreció un encendedor para calentar y encender el cigarro.
Repitió el gesto ritual con su Dueño y se retiró.

Los Amos conversaron un rato sobre asuntos comunes sin profundizar, hasta que tocaron en la charla el tema de nuestra vida en Filipinas.
El Señor de k se mostró curioso por conocer aspectos de nuestra convivencia diaria y dejó caer el comentario de que él es partidario de un régimen más estricto con su esclavo, que por ejemplo jamás abandona la casa sin su compañía.

Por fin mi Amo le mencionó el motivo fundamental de nuestra visita, tal como había sido pactado de antemano y se dispuso el contacto entre nosotros los dos esclavos.
Las reglas que se habían pactado eran:
- Los esclavos no se hablarán.
- Los esclavos no se besarán.
- Los esclavos solo se abrazarán y podrán mirarse a los ojos.
- Sus Amos darán la orden de finalización del abrazo.

Ingresó en la sala k llevando sobre un plato un cinturón de castidad que inmediatamente le fue colocado y cerrado por su Dueño, para después ordenarle que se arrodille y le bese la mano en señal de agradecimiento por el permiso que se le concedía.

- Anda- me dijo mi Señor empujándome el hombro.
Me acerqué a k, lo puse de pie y me animé a ser el primero en abrazarlo.
Creo que los dos a un tiempo nos mordimos la lengua para enmudecer los sollozos, las lágrimas nos nublaron la visión, y violentamos la presión de los brazos para estrecharnos con fuerza disimulando un temblor inevitable.

- Me gustaría que mi esclavo se quitara la camisa - dijo mi Amo.
Y el Dueño de k respondió - Que se desnude -
- ayax desnúdate!- ordenó mi Señor.



Y después de eso el abrazo fue pleno, como lo fue en el pasado.
Desnudos borrachos de una excitación que no tiene que ver con el deseo sexual, sino con la hermandad que podría sentir alguien que se cree el único habitante del universo y se encuentra con otro ser vivo.

Mi Señor me separó, después de no sé cuánto tiempo, y nos retiramos de la casa en donde k está gozosamente preso.
Por la noche, ya solos, mi Amo fue muy tierno conmigo.
Imagino que k y el suyo también habrán tenido sus momentos cálidos.

Esto me sucedió durante el verano del hemisferio norte en  el año 2013, en el Condado de Norfolk, Massachusetts.
Nunca más he visto a k, y desde hace dos años no responde mis correos.

miércoles, 26 de julio de 2017

Maître et esclave.


Temblaba, y no de frío.
Con su mirada clavada al piso comenzó  a susurrar:

- Quiero ser tu juguete, quiero hacerte gozar; esta noche mi cuerpo es tuyo.

No me conformaba con esa declaración; sentía que podía avanzar, que ese no era su límite.

- Y quién eres tú?

- Tu juguete, tu puta, lo que quieras que sea.

A esa hora, su novia, su pareja, lo que fuera esa mujer con la que compartía anillos, estaría durmiendo en un hogar situado en una provincia de Francia.
Ajena y olvidada por él, que  arrodillado con la frente tocando el suelo y el culo parado se ofrecía desnudo para que lo penetre.

Pero yo quería algo más que cogerlo.
Buscaba forzarlo, someterlo.

Había aceptado a jugar, a experimentar a convertirse en algo más que un pasivo obligado a encerrarse en el placard de su comunidad pequeña y provinciana.
Se animó a buscar un ligue en un bar gay, como hacía cuando sus asuntos lo llevaban a París.
En la barra me dijo que le encantaba hacer felices a los hombres.
La distancia con su provincia se había multiplicado por cientos, y estaba listo para que la última noche en Río le dejara marca.

Era un hombre ansioso por satisfacer sus instintos reprimidos.
Reprimidos por él mismo. Uno que vivía su vida de acuerdo a lo que esperan los demás.
Uno que engaña y que se engaña.
Si, como ese otro que tanto me pesa todavía.

A este la casualidad me lo sirvió en bandeja.
No volvería a saber nada del tipo con el que estaba comunicándome a caballo de dos idiomas a medias dominados.
Llegamos a un acuerdo, el sería mi esclave, y yo sería su Maître.
Solo esa noche, solo en ese juego.
Pero esos roles serían los últimos, los definitivos entre los dos.

Le tenía ganas a esas nalgas tan blancas, a esa nuca rubia.
Quería abofetearlo, escupirle la boca, morderle las orejas.

Creo que él tampoco esperaba tener tanta suerte cuando por primera vez me dirigió la palabra en la barra del bar.
Su lengua se dio un banquete con los rincones de mi cuerpo.
Adoró mis pies, mis sobacos, mis testículos, mi verga, la raja de mi culo y mi ojete.
Me pidió que no lo dilate,  que disfrutaba el dolor.
Agradeció llevarse las nalgas ardiendo, la marca de cinco dedos en una mejilla y el pelo embadurnado de semen.

También yo le agradezco las imágenes de momentos, como cuando le aplastaba la cabeza con el pie, como cuando me mostró la cara empapada de lágrimas al penetrarlo a la fuerza, como cuando sentado sobre su espalda le descargaba toda la leche sobre la nuca.
Lo que mon esclave français no sospecha, es que en mis recuerdos su cuerpo se confunde con otro cuerpo, y su cara se confunde con otra cara.

Ya casi me olvidé de su nombre, que seguro era falso; tan falso como el que le dí yo.
Y solamente han pasado cuatro días.
Más el juego del último Viernes siendo solo un juego nos convirtió en uno para el otro en Maître et esclave.






viernes, 14 de julio de 2017

¿Recuerdas?


¿Recuerdas la miel de mis tripas?
¿Las que te ofrecían su húmeda suavidad como recompensa al esfuerzo de vencer su resistencia?
¿Recuerdas mi ojete, que por más vencido siempre te chupaba sediento pretendiendo que no dejaras de invadirme, que te metieras dentro entero?
¿Ese ojete que presa del hambre de tu carne te mordía cuando me sacudían los espasmos de mis orgasmos?
¿Recuerdas el sabor del sudor de mi cuello que te gustaba lamer, el de mi espalda que se mezclaba con el de tu pecho que goteaba?
¿Recuerdas como levantaban calor mis nalgas castigadas por tus azotes?
¿Recuerdas como te pedía más, con la poca voz que me permitía el ahogo de tus manos en la garganta?
¿Recuerdas los manojos de mi cabello que te quedaba en los puños cuando los usabas de riendas en tu cabalgada?
¿Recuerdas los insultos, las promesas de torturas terribles para destruirme. para borrarme del mundo, para que ese momento sea irrepetible y nadie nunca lo conozca e intente copiarlo?

Yo sí lo recuerdo.
Esas amenazas susurradas en mi oído, con tu boca llena de saliva eran el aviso del clímax del vampiro.
Con la dentellada fatal tu verga mutaba de carne a roca y vomitaba leche como el volcán lava.
Recuerdo que a veces tus piernas se enroscaban con las mías como tentáculos que quisieran estrangularlas. Tus manos eran tenazas en mis muñecas, y desde la profundidad del pecho te brotaba un gruñido tan bajo y tan grave que aturdía.

De haber podido en esos momentos mi culo te hubiese arrancado la verga para conservarla dentro y no soltarla.
Muchas veces he llorado, porque sí, y he dicho: me quiero morir, porque temía no volver a repetir.

Y ahora que a ti y a mí solo nos queda recordar, sabemos que esos momentos no se volverán a repetir.
Y no me he muerto.
...Eso creo...






lunes, 10 de julio de 2017

Olha que coisa mais linda

Que coisa mais linda, mais cheia de graça, seu corpo dourado do sol de Ipanema.
Caminho do mar seu balançado é mais que um poema.
É a coisa mais linda que eu já vi passar.

Podría haber dicho Alair Gomes de Oliveira inspirándose en el poeta Vinicius, mientra que oculto tras su persiana espiaba y fotografiaba a los garotos que ayer como hoy engalanan las veredas y la arena de Ipanema.
Durante los años 70 y 80 desde su ventana sobre la Prudente de Morais, Alair movido por el deseo de cuerpos jóvenes y masculinos dejaba testimonio de esa belleza y de esa época, y creaba su arte.


En ese mismo departamento, en el año 1992, tal vez uno de sus amantes ahorcaba al artista poniendo un final a su vida de manera misteriosa como había sido la mayor parte de su transcurrir.
Hoy Alair es admirado y reconocido en Brasil y en el resto del mundo; pero en su tiempo temores bien fundados al rechazo y el desprecio lo obligaron a realizar su tarea en secreto.

He regresado al barrio, sería su vecino si él hoy viviera.
Imposible por mi edad haber sido su modelo.
Pero pienso que tal vez el muchachito que fui inspiró el deseo de algún hombre, cuando venía desde Leblon hasta Arpoador para reunirme con la pandilla surfera, y jugando nos tironeábamos las sungas al salir de las olas, impedidos de defendernos para soltar las tablas.

Hoy me toca ser el perverso que admira esos cuerpecitos casi desnudos, imaginando sus vírgenes claveles fruncidos; y ahora soy yo quien se inspira en otro poeta, en Verlaine.
Y tengo que confesar que ardo de deseos de darles mil mordiscos, mil besos, mil azotes.
Como quizás le ha pasado a Altair,  mientras los sueño míos, me erecto, me mojo y me afiebro.
´


lunes, 3 de julio de 2017

Quiero, y no puedo


Quiero besarlos, olerlos, saborearlos, empaparme de sudores, sentir el abrazo de sus cuerpos y gozarlos cuando me invaden y los invado.

Quiero estallar en orgasmos que expulsen el veneno que contengo y contaminarlos.
Quiero nutrirme de leche y de sangre nueva.
Aturdirme en la orgía.
Perder la conciencia y la memoria.

Y no puedo.

Esa puta memoria tan sólidamente edificada con éxtasis de placer y de dolor, con sevicia y con ternura parece destinada a permanecer eterna.
Imposible olvidar al Baal y al cuchillo ritual.

Quiero todos los culos, quiero todos los falos.
Quiero ahogarme en un mar de semen, para olvidarme de ti adorado Demonio.

Y no puedo.